Uso de pantallas en la adolescencia: Conectados, pero Desconectados. ¿Prohibir o acompañar?

Publicado en La Tercera en enero del 2026

Seis horas diarias frente a una pantalla. Para cuatro de cada cinco estudiantes de segundo medio esa es la norma. Esta cifra, que roba horas de sueño e interacción real, se vincula con una crisis de ansiedad y depresión. La respuesta no está en la ley, sino en enseñar a convivir con un diseño adictivo a través del vínculo y la autorregulación.

Todos los días, Pascal (12 años) espera que el reloj marque las cuatro de la tarde. Es verano: puede despertarse más tarde y las horas pasan sin apuro. Pero mientras su mamá trabaja, se queda en casa sola con su hermano de siete años. Cuando ella llega, a las cuatro, justo abren las puertas de Patio Don Bosco Punitaqui de La Florida, un espacio comunitario, ubicado a varias cuadras de la casa de Pascal, que durante todo el año recibe a niñas y niños durante las tardes, ofreciéndoles un lugar seguro para jugar y vincularse. Para llegar al patio, Pascal se va sola. A veces en su bicicleta, otras en micro, pensando en todas las cosas que hará esa tarde.

Para muchas niñas y niños, el espacio de tiempo en su casa, sin alguien que vele por ellos, son horas que se viven en solitario, sin una red de adultos que los cuide y acompañe. Quienes conocen de cerca está realidad aseguran que esto no ocurre porque sus cuidadores no quieran cuidarlos, sino por la falta de redes de apoyo o dinero para, por ejemplo, pagar un after school. Es un problema que las cuidadoras y cuidadores viven todo el año, pero se intensifica en las vacaciones: cuando ya no van al colegio, desaparece la rutina en uno de los pocos espacios que estructuran el día para niñas y niños y que también que les ofrece protección cotidiana.

Paloma Del Villar, directora de Observatorio Niñez Colunga, centro que recopila y sistematiza datos sobre infancias en Chile, advierte que “hoy tenemos niñas y niños que están pasando muchas horas solos. No es un problema individual de organización familiar: es un problema país de cuidados”. Como Colunga trabaja de la mano con muchas organizaciones de la sociedad civil que buscan dar solución a estos problemas, saben que ese drama a veces involucra que niñas o niños lleven un colgante en el cuello donde guardan las llaves de su casa para irse y quedarse solos. En algunos casos, cuentan que sus papás tienen cámaras al interior para supervisar desde ahí cómo están.

Una realidad estructural

En contextos donde los adultos deben seguir trabajando y las redes de apoyo son limitadas, esas horas de la tarde pueden marcar diferencias significativas en el bienestar, la seguridad y el desarrollo socioemocional de niñas y niños. No solo por falta de supervisión, sino de presencia, vínculo y posibilidad de encuentro. Así lo asegura Del Villar.

Los datos muestran que quedarse solo durante la infancia es una experiencia extendida y que comienza mucho antes de lo que se podría suponer. Según datos de Observatorio Niñez Colunga, a partir de la Encuesta de Vulnerabilidad Estudiantil 2024 (EVE), en Chile hay miles de niñas y niños que se quedan solos por más de una hora al menos una vez a la semana, incluso en los primeros años de escolaridad.

En educación parvularia, 5.542 niñas y niños de entre cuatro y cinco años que asisten a establecimientos con financiamiento público reconocen que sus cuidadores los dejan solos en sus casas a lo menos una hora a la semana (2,1%). Aunque el porcentaje es bajo, en la práctica la cifra revela que miles de niñas y niños quedan desprovistos de cuidado a una edad en que la presencia de un adulto es clave.

“Que más de cinco mil niños y niñas tan pequeños queden expuestos a esta situación no puede leerse como una anécdota estadística”, plantea Del Villar. “Habla de una ausencia de redes de cuidado en una etapa muy temprana de la vida, donde la soledad tiene efectos profundos”.

Con el avance de la edad, la situación se profundiza. En primero básico, la proporción de niñas y niños que se quedan solos –y que se cuidan solos, sin supervisión de un cuidador durante el día– aumenta a 3,5%; en quinto básico llega al 15,4% y en primero medio alcanza el 40,9%. A medida que crecen, también se expanden las horas sin adultos disponibles y sin acompañamiento cotidiano.

Aunque no existe una serie histórica completa, la EVE permite contrastar con datos previos. En 2017, la Encuesta Longitudinal de la Primera Infancia (ELPI) ya mostraba que un 17% de niñas y niños entre 6 y 12 años se quedaba solo al menos una vez a la semana. No se trata, entonces, de una realidad nueva, sino de una condición persistente que atraviesa la vida cotidiana de miles de familias.

La soledad forzada

Aunque es natural y esperable que con el paso de los años y a medida que crecen aumente la autonomía de niñas y niños, esa independencia temprana no siempre es sinónimo de bienestar, porque surge por la ausencia de adultos disponibles.

“Tener espacios de autonomía es importante para el desarrollo: niñas y niños necesitan sentirse capaces, confiar en sí mismos, manejar pequeñas tareas. Por eso, lo preocupante entonces no es la autonomía en sí, sino cuando esta se transforma en soledad obligada porque no hay redes de cuidado”, explica la directora del Observatorio Niñez Colunga.

Para entender cómo se manifiesta esta realidad en el día a día, Sergio Mercado, director ejecutivo de Fundación Don Bosco, describe un patrón común entre quienes llegan al Patio: “Mucho de la falta de cuidado depende de que los adultos tengan que salir muy temprano a trabajar, a veces lejos de casa, en diferentes oficios que no siempre tienen una buena retribución económica. Entonces muchas veces los niños quedan a cargo del resto de la familia, de la tía, de la abuela. Esto genera un gran vacío: los niños que están sin un adulto significativo, un referente protector permanente, siempre quedan más expuestos”.

Ángela (12 años) vive con su mamá y su hermano mayor en La Florida y conoce muy bien esta experiencia. “Hay un periodo de tiempo en el que yo me quedo sola, porque mi mamá sale a trabajar y mi hermano está con su polola”, cuenta. En esas horas, se organiza como puede: a veces ve el teléfono, otras cocina. “Hago postres, comidas normales, como fideos con salsa”, dice con naturalidad.

Lejos de restarle valor, para Ángela cocinar es un logro y una fuente de alegría. Sí le da lata que no haya alguien que le pregunte cómo estuvo el día, que juegue con ella, que la acompañe y cuide, por ejemplo, de que no tenga un accidente en la cocina. Solo cuando pasa la tarde aparece el espacio que quiebra esa soledad, cuando llega a Patio Don Bosco. Allí conoció a Pascal, quienes se volvieron inseparables.

“Alrededor del 25% de los niños que participan en el Patio pasan gran parte del día solos, porque sus papás trabajan”, explica Laura Marabolí, directora del Patio Don Bosco Punitaqui, en la comuna de La Florida. De hecho, muchos de quienes vienen para acá llegan y se van solos, sin un cuidador. Algunos viven cerca, otros deben tomar micro, pero todos ingresan con libertad a un espacio que saben seguro. La reja siempre está abierta”.

Espacios que cuidan y acompañan

Frente a la falta de redes de apoyo, los espacios comunitarios y socioeducativos se transforman en un sostén clave para la vida cotidiana de niñas y niños.

Para hacerse una idea, en patio Don Bosco participan en talleres deportivos, culturales, de música y reforzamiento escolar, todos de libre asistencia, en un espacio donde siempre hay adultos disponibles.

“Siempre están acompañados por un equipo de profesionales adultos que están permanentemente velando por su protección y su cuidado”, explica Sergio Mercado, director ejecutivo de Don Bosco. “A partir de esas dinámicas van aprendiendo valores y siendo parte de un proceso educativo donde el niño es protagonista y el adulto cumple un rol de dinamizador”.

Las actividades cambian y se renuevan a lo largo del año. “Los martes viene un chico de la iglesia del frente y les hace clases de basketball. Los miércoles vienen de AudioMúsica y les enseñan a tocar guitarra, batería y varios instrumentos. Los jueves hacemos juegos con agua. Siempre vamos variando en las actividades y se cambian trimestralmente”, detalla Laura Marabolí.

Para quienes asisten, el patio no es solo un lugar donde pasar la tarde. Pascal lo vive como un espacio de encuentro y continuidad. Ángela coincide en esa sensación de seguridad. “Acá es donde me siento muy segura para estar con mis amigos o hablar con las tías si tengo algún problema”, dice.

Una lógica complementaria guía el trabajo de Acompañando Pasos. La fundación desarrolla un programa socioeducativo que funciona después de la jornada escolar y acompaña a niñas y niños entre cuatro y nueve años en contextos de alta vulnerabilidad. Actualmente, el programa, tipo after school, opera en siete establecimientos educacionales de comunas como Lo Espejo, Renca y La Pintana.

“La idea es que no sea una guardería ni una extensión curricular. Es un incentivo socio-pedagógico que saca a los niños del aula, que los hace disfrutar y que trabaja las habilidades lectoras y socioemocionales desde lo lúdico. Son tres horas diarias donde los niños pueden jugar, vincularse y aprender en un entorno seguro”, explica Carlos Gutiérrez, director ejecutivo de la iniciativa. Además del juego y el vínculo, el programa trabaja habilidades lectoras y socioemocionales. “Durante el año escolar los niños llegan cansados, pero se activan, se vinculan con otros cursos, hacen nuevos amigos y perciben claramente la diferencia entre quedarse solos en la casa o estar en este espacio”, agrega.

Gutiérrez enfatiza que estos espacios no reemplazan a la familia ni resuelven por sí solos la falta de un sistema de cuidados. Pero en territorios donde las redes son frágiles y las jornadas laborales se extienden, se convierten en una presencia clave, una respuesta concreta frente a la soledad cotidiana que viven miles de niñas y niños, especialmente durante el verano.

Ese escenario tiene efectos directos en el ámbito escolar. La falta de acompañamiento en las horas fuera de clases repercute en los aprendizajes y en la confianza de niñas y niños en sus propias capacidades. “Nos encontramos con rezagos lectores importantes desde primero y segundo básico. Cuando un niño no comprende lo que lee, todo lo que viene después se construye en el aire”, explica Gutiérrez, director ejecutivo de Acompañando Pasos. “Ese rezago se puede evitar si cuidamos que esas niñas y niños no pasen solos tantas horas del día sin acompañamiento adulto”.

Desde el Patio Don Bosco, el diagnóstico es similar. Cuando no hay adultos disponibles, el cuidado muchas veces se reduce a la mera supervisión. “El cuidado muchas veces es solo desde la observación: que el niño esté bien. No necesariamente hay alguien que juegue con ellos, que se preocupe de una tarea o de darles la once a una hora adecuada”, explica Marabolí, directora del Patio Don Bosco Punitaqui.

Durante el año, y especialmente en verano, estos espacios se vuelven aún más relevantes. Acompañando Pasos, por ejemplo, implementa talleres de verano en varias de sus sedes, con actividades lúdicas y acuáticas que buscan mantener una rutina de cuidado y protección cuando la escuela deja de operar. “El objetivo es que los niños sigan teniendo un espacio seguro y que las familias puedan mantener su fuente laboral”, explica su director ejecutivo.

En ese escenario, la principal respuesta estatal es el programa 4 a 7, del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género, que desde 2025 comenzó a operar durante todo el año. La iniciativa entrega espacios de cuidado después de la jornada escolar, y en recintos definidos durante el verano, con el objetivo de permitir que las madres puedan incorporarse o mantenerse en el mercado laboral.

Lo primero que hace Antonella (17) al despertar, es ver su celular. Entra a Instagram, ve un par de historias sin prestar atención realmente a lo que ponen y luego cambia a TikTok. En el trayecto al colegio continúa el scroll sin pausa. En los recreos se sienta con sus amigas en el patio a ver más videos, a veces graban algún trend que nunca sale de su carpeta de borradores. De vuelta en su casa, hace las tareas con el computador con una serie de fondo y, apenas termina, vuelve a su teléfono, con la misma serie todavía sonando.

¿Cuántas horas al día pasa frente a la pantalla? Según el registro de su propio celular, promedia nueve horas diarias. “Igual esta semana estuve haciendo trabajos con el mismo celu, pero sí, lo uso para todo, todo el día”, dice Antonella.

Su rutina no es excepcional; más bien, es la norma. Para cuatro de cada cinco estudiantes de segundo medio en Chile eso es parte de la rutina: el 86% pasa más de cinco o seis horas al día frente a un dispositivo, según la Encuesta Juventud y Bienestar de SENDA 2024.

Paloma del Villar, directora de Observatorio Niñez Colunga –centro dedicado a recopilar y sistematizar data sobre niñez en Chile–, la señal es clara: “La evidencia disponible nos obliga a utilizar el principio de precaución; si bien falta más investigación, múltiples estudios vinculan el uso excesivo de pantallas con problemas de salud mental, y el uso de redes sociales con mayores niveles de ansiedad, depresión y dificultades socioemocionales”, afirma.

En una sociedad donde las pantallas ya forman parte incondicional de la vida, la discusión ya no parece estar en si deben usarlas o no, sino en cómo acompañamos ese vínculo para que no termine dañando más de lo que aporta.

¿Qué se hace frente a las pantallas?

Las cifras más recientes recopiladas por el Observatorio Niñez muestran que hablar de “uso de pantallas” ya no alcanza para describir lo que está pasando. No es solo tiempo: es qué hacen, con quién están, qué queda fuera y qué se intensifica cuando un adolescente se conecta.

Los datos de SENDA 2024 revelan patrones claros: los hombres pasan más tiempo jugando videojuegos (24% vs 7%), mientras que las mujeres dedican más horas a redes sociales (42% vs 26%). No solo usan dispositivos de manera distinta: también viven efectos distintos. La comparación constante, la presión social y el juego competitivo no impactan igual a todos los adolescentes, y las brechas de género son imposibles de ignorar.

“Las niñas enfrentan un escenario especialmente complejo: utilizan pantallas con mayor frecuencia, especialmente para acceder a redes sociales, y al mismo tiempo son quienes experimentan más violencia digital y presentan mayores tasas de síntomas ansiosos y depresivos en la adolescencia. Esto nos invita a abordar este fenómeno no sólo con perspectiva de niñez, sino que también con perspectiva de género”, advierte Del Villar.

Pero, más allá de esas diferencias, el tiempo sigue siendo un indicador que inquieta. Pasar más de cinco o seis horas diarias frente a pantallas –como hace el 86% de los estudiantes– implica, por definición, restar horas a actividades fundamentales para el desarrollo: movimiento, interacción cara a cara, juego y sueño. Ahí es donde se juega la diferencia entre un hábito cotidiano y un patrón que empieza a afectar la salud física, emocional y cognitiva.

Lo que se deja atrás

“Seis horas frente a una pantalla es infinito”, dice Florencia Álamos, neurocientífica y directora ejecutiva de Kiri, fundación que se dedica a mejorar el bienestar socioemocional de niños, niñas y adolescentes, buscando prevenir problemas de salud mental. “Eso significa menos horas de sueño, menos juego, menos amigos o incluso interferencia con el aprendizaje. El mayor impacto no es solo por lo que las pantallas muestran, sino por todo lo que dejaste de hacer mientras estabas conectado”.

Y lo que se deja de hacer no es menor. Marigen Narea, psicóloga educacional, doctora en política pública e investigadora del Centro de Justicia Educacional, coincide con Álamos y agrega que, “si están metidos en la pantalla no hacen deporte, no interactúan con su entorno, se alimentan mal y tienen problemas de sueño. Esas horas reemplazan las interacciones personales, perdiendo habilidades cruciales como dialogar, negociar y ser empático, que ninguna pantalla puede reemplazar”.

Día a día, de manera silenciosa y acumulativa, niñas, niños y adolescentes pierden más que solo tiempo frente a las pantallas.

La Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI), que durante 14 años ha seguido la trayectoria de más de diez mil niños, niñas y adolescentes en Chile, y que acaba de presentar los primeros resultados de su cuarta ronda, indica que un 42,7% de los adolescentes reconoce que, cuando se acuesta, se queda despierto todos los días mirando el celular o tablet. El sueño es una de las primeras víctimas. Los adolescentes se acuestan más tarde, duermen peor y descansan menos, impactando en su memoria, regulación emocional y capacidad de concentración.

Además, la neurocientífica Florencia Álamos subraya la ventana crítica de la adolescencia: “El cerebro selecciona lo que usa y poda lo que no. Si un joven pasa gran parte de ese periodo aislado o pegado a una pantalla, esas conexiones simplemente no se fortalecen”. En el fondo, la pérdida no es solo de horas de sueño o de juego; es la pérdida de la oportunidad para desarrollar la habilidad más crucial del futuro: la autorregulación.

El poder de la autorregulación

Incluso entre los adultos, la capacidad de soltar los celulares a veces es compleja. Esto ocurre porque las redes sociales y el contenido que se crea hoy en día está construido para cautivarnos y no dejarnos ir, así lo explica Álamos. “Las pantallas privilegian estímulos súper rápidos y de corto plazo, y a su vez, las redes sociales activan el sistema de recompensa inmediata y nos mantiene en un loop del que cuesta salir”.

Si a los adultos nos cuesta poner un freno, ¿qué queda para la niñez y adolescencia? “Vimos que los niños con temperamentos más difíciles tienden a recibir más pantallas. Cuando usas la pantalla para calmar, estás entregando a un aparato externo la capacidad de regular al niño. Y ahí está el problema”, dice Narea. La capacidad de autorregularse, clave para el futuro académico, las habilidades socioemocionales y la salud mental, se ve gravemente comprometida.

La autorregulación es una habilidad que se aprende en la infancia y que los padres y cuidadores deben modelar. Álamos enfatiza: “La regulación es primero co-regulación: se aprende a través del vínculo. Y tenemos una crisis de vínculos. Las pantallas han entrado con tanta fuerza porque cada vez tenemos menos espacios protegidos para relacionarnos de verdad”.

Más allá de la prohibición

Ante la magnitud del problema, la tentación de la prohibición aparece como la solución más sencilla. El actual proyecto de ley que regula el uso de celulares en los establecimientos educativos es un ejemplo de esta respuesta. Sin embargo, las expertas advierten que una ley por sí sola no es suficiente para resolver un fenómeno tan complejo y multifactorial.

Del Villar, directora de Observatorio Niñez Colunga, lo explica claramente: “El actual proyecto de ley es un avance importante, pero no suficiente. El uso excesivo de pantallas es un fenómeno multifactorial: no ocurre solo en la escuela, sino en el hogar, en los espacios comunitarios y en la vida cotidiana. Sin duda que restringir el uso de teléfonos en la sala de clases es de ayuda, pero por sí solo no resuelve un problema que es mucho más de fondo”.

La prohibición sin educación genera resistencia y la solución debe ser colaborativa y envolver a toda la comunidad. “Si uno prohibe y no educa, al final somos todos un poco rebeldes y los adolescentes un poco más, así que pierde el sentido”, reflexiona Álamos.

Narea señala que lo que ha resultado mejor son los acuerdos de toda la comunidad. “Debe haber espacios reservados sin dispositivos, porque distraen. Para ello hay que tener una comunidad súper atenta a facilitar que se den estas interacciones y que los padres se den el tiempo de estar con sus hijos y sepan lo que están haciendo”, dice.

En un país donde las pantallas ya no son un lujo, sino la norma, la conversación no puede quedarse solo en el “uso responsable” como si dependiera únicamente de decisiones individuales. El desafío es estructural. Se necesita corresponsabilidad: Estado, escuelas, comunidades y familias capaces de construir entornos donde niñas, niños y adolescentes tengan alternativas reales más allá de la pantalla. La pregunta ya no es cuánto usan las pantallas, sino cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a recuperar de lo que ellas están sustituyendo.

“El desafío como sociedad es aprender a convivir con las pantallas. Esto implica tener reglas que impliquen restringir el uso en los más pequeños y progresivamente educar a niñas, niños y adolescentes en el buen uso, acompañarlos y, sobre todo, que las personas adultas asumamos nuestra responsabilidad: modelar buenas prácticas en el uso de pantallas y medios digitales a través del ejemplo”, concluye Del Villar.

Ahí es donde el acompañamiento deja de ser un consejo y se convierte en una herramienta real de protección. Como resume Florencia Álamos: “Acompañar bien a un niño en el uso de pantallas es, sin duda, una forma de prevenir problemas de salud mental en la adolescencia”.

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